Cada 15 de junio se celebra el día mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, una realidad que sigue presente en nuestra sociedad pero que, a menudo, se ve silenciada e ignorada a causa de los prejuicios y estereotipos en torno al colectivo de personas mayores.
¿Qué es el edadismo?
El edadismo se refiere a la discriminación por cuestiones de edad, y está tan integrado en nuestro día a día, en nuestras conversaciones, en los anuncios que vemos, en el contenido que consumimos que suele pasar desapercibo. Puede aparecer velado, en tono de humor o, incluso, con “buenas intenciones”, con deseos de proteger a la persona a la que afecta, pero estas presuposiciones no hacen más que reforzar los estereotipos, prejuicios y comportamientos que conforman este tipo de discriminación.
En mayor o menor medida, todos somos edadistas. Está tan arraigado en nuestra manera de vivir que puede verse en la manera en la que nos hablamos a nosotros mismos y nos condicionamos, en el modo en la que nos relacionamos con otras personas mayores, e incluso en la forma en la que las instituciones responden a las personas mayores. Esta discriminación, aunque sutil, tiene ramificaciones en todos los aspectos de nuestra vida y, por tanto, nos afecta en todo: en las relaciones, en las oportunidades de trabajo y aprendizaje, en el ocio, en la salud; en definitiva, en nuestra calidad de vida.

Ejemplos de edadismo en el día a día
- «Anda, quita, ya te lo hago yo, que me estás poniendo de los nervios»; «No, no, para mi madre el móvil sencillito, si sólo necesita hacer llamadas de todos modos»; «Ya le he explicado a su hijo la medicación que debe tomarse; usted tómesela como le indique él y no se preocupe por lo demás»
A veces, las personas mayores tienen tiempos diferentes a los nuestros: necesitan un poco más de espacio para recordar cómo hacer las cosas, o les cuesta más aprender determinados procesos que nosotros consideramos “sencillos”. Esto nos puede causar frustración, y encontramos la solución más simple: lo hacemos nosotros por ellos. Les quitamos la carga de realizar las tareas del hogar o limitamos sus opciones para que no tengan que pensar demasiado. Lo hacemos “por su bien”, y también por el nuestro.
Pero no nos paramos a preguntarle a la persona mayor si quiere que lo hagamos por ella. Tomamos la decisión en su nombre y truncamos su autonomía. Y, aunque pueda ser recibido positivamente a corto plazo (¿a quién no le gusta que le quiten trabajo de encima?), eventualmente tiene efectos nocivos: los sentimientos de autoestima y autoeficacia se resienten, dudamos de nuestras habilidades, dejamos de darles uso.
Tomar decisiones en nombre de personas mayores va más allá de hacer las tareas del hogar o las compras por ellos. Las cuestiones importantes, como aquellas relacionadas con la salud o el dinero, a menudo se relegan en la persona más joven que hace de acompañante. Los médicos, abogados, administradores, etcétera, prefieren dirigirse a —por ejemplo— los hijos antes que a la persona mayor, aunque estén tratando cuestiones directamente relacionadas con ella, por “ser demasiado complicados para alguien de su edad”. Esta vulneración de sus derechos puede dar lugar a numerosas situaciones de abusos y maltratos.
- «¿No estás un poco mayor para esto?»; «Bueno, bueno, sólo digo que es mejor disfrutar de la jubilación y estarse tranquilo en lugar de ponerse a hacer cursos tontos»; «No te amargues, si ya con tu edad tampoco te van a contratar en ningún sitio…»
De algún modo, se ha decidido que ciertas cosas tienen una fecha de caducidad en lo que a la edad de la persona que las realiza compete. Las aficiones que teníamos de jóvenes o la manera en la que nos gustaba vestir tiene que amoldarse a lo que la sociedad espera de “alguien de nuestra edad”, puesto que, si nos salimos del molde, seremos juzgados. Que nos guste hacer barranquismo con 20 años parece lógico, y poca gente se sorprenderá; pero si lo decimos cuando tenemos 70 años, la respuesta es diferente.
A menudo, se asume que, con la edad, las personas pierden sus intereses, sus pasiones, sus proyectos. O quizá se considera que “ya tuvieron su tiempo” para realizarlos, como si no les quedaran años de vida por delante. En cualquier caso, no se tienen en cuenta. Las personas mayores quedan excluidas y pierden la oportunidad de seguir llevando a cabo todo aquello que les interesa: deportes, aficiones, formaciones…
Esta discriminación afecta, incluso, en materia laboral. Los años previos a la jubilación pueden ser complicados. Es difícil encontrar trabajo, e incluso aquellos que trabajan pueden ser discriminados al no recibir la misma formación que compañeros más jóvenes dado que se presupone que no les interesará o que no tendrán la misma capacidad de enfrentarse a nuevos retos y seguir actualizándose.
- «Qué bien se te ve, ¡pareces más joven!»; «Pero ¿de verdad te vas a dejar esas canas? Es que te suman 30 años de golpe y…»; «Desfrunce ese ceño que te salen arrugas y pareces más mayor»
La juventud se ve como un símbolo de belleza, algo deseable e importante de aprovechar, mientras que la vejez parece que ha de ocultarse y vivirse con vergüenza. La realidad es que son dos etapas de la vida por las que todos pasaremos; de hecho, llegar a la etapa adulta mayor debería verse como un logro, una oportunidad para vivir más experiencias, cosa que no siempre estuvo a nuestro alcance.
Como todo tipo de discriminaciones, el edadismo es transversal. En la televisión, mujeres de 30 años o menos venden cremas antiarrugas. Las canas han de teñirse, a riesgo de que nos etiqueten de “dejadez”. Y no hablemos de la representación en la gran pantalla: recientemente se ha publicado un estudio en Reino Unido sobre las características de los protagonistas de las películas. ¿Sabías que es cuatro veces más probable que un animal parlante protagonice un largometraje a que lo haga una mujer mayor de 60 años? La vejez no tiene cabida en sociedad, al menos no donde pueda ser vista.
- Alzar el tono de voz; hablar muy despacio y con vocabulario muy sencillo; utilizar apelativos “cariñosos” que rayan en lo paternalista; referirse a todas las personas mayores como “abuelos/as”
Asumir que la persona mayor, sólo por ser mayor, ya requiere de adaptaciones en la conversación, es prejuicioso. Todos tenemos en mente el estereotipo de persona mayor frágil, con problemas de audición y de visión, que requiere que le repitan las cosas varias veces hasta comprenderlo. Por supuesto, estas personas existen. El problema recae en cuando nos comportamos así sin saber si la persona con la que hablamos tiene problemas de audición o, en cambio, oye perfectamente.
Esto se conoce como habla infantilizada, y tiene serias repercusiones en la dignidad, la autonomía y la autoestima de la persona mayor. Suele acompañarse de apelativos como “cielo”, “cariño”, “encanto”, “amor”, etcétera, así como todos los sinónimos de la palabra “abuelo/a”. Tratar así a personas mayores con las que no tenemos confianza es una falta de respeto, del mismo modo que sería hacérselo a cualquier otra persona. Además, una persona mayor sólo es “abuelo/a” de sus nietos, si es que los tiene.

¿Cómo se puede combatir el edadismo?
Como hemos dicho, el edadismo está fuerte arraigado en nuestra sociedad. Ello no quiere decir que no podamos cambiar cosas a nivel individual: lo primero es ser conscientes de nuestros propios prejuicios.
Cuida tu lenguaje
Pues el primer paso para cambiar tu forma de pensar. Todos somos capaces de reconocer los términos despectivos y retirarlos de nuestro vocabulario, pero también debemos tener cuidado con el lenguaje paternalista o infantilizado que hemos comentado. Asimismo, es necesario hacer una revisión profunda: ¿cómo hablamos de las personas mayores? ¿Cómo hablamos de la vejez? ¿Cómo hablamos de nuestra vejez?
Evita hacer presuposiciones por cuestiones de edad
Las personas, independiente de su edad, género, cultura, etcétera, son todas diferentes. De hecho, el colectivo de personas mayores es tan amplio y abarca a tanta gente es, simplemente, absurdo asumir que todas son iguales por el mero hecho de “ser mayores”: no puede compararse la abogada que acaba de prejubilarse y sale a la montaña todos los fines de semana con el hombre de 93 años que cuida de su mujer en silla de ruedas en casa, ni con la persona de 73 años en una residencia en las primeras fases de demencia.
Favorece espacios de encuentro
Uno de los mecanismos más potentes que mantiene en el tiempo la discriminación es el desconocimiento; por el contrario, el contacto directo con las personas afectadas por los prejuicios, a menudo, nos fuerza a modificar las ideas preconcebidas que teníamos. Conocer, hablar e interactuar con personas mayores nos ayudará a darnos cuenta de lo diferentes que son entre sí, restándole valor a los estereotipos edadistas internalizados. Cuantas más conozcamos, menor efecto tendrá en nosotros.
Reconoce el valor de las personas mayores y promueve su participación
Las personas mayores son mucho más que su edad. Ten en cuenta sus deseos, preferencias y valores. Crea espacios donde se sientan visibilizadas. No hables por ellas: ayúdales a ser escuchadas.
Alicia Losada.
Técnico de Gestión del conocimiento en Fundación Rey Ardid.



